Sentada sobre la ardiente banqueta, una mujer humilde cubierto con un rebozo brillante por el exceso de mugre acompañada de dos menores, levanta la mano en espera de una moneda que ayude a mitigar el hambre propia y la de su prole.
La calles está semi desierta, escasea la gente luego de que la pandemia del COVID-19 obligó a los poblanos quedarse en casa.
Como ella y su familia, muchas más se sientan en las desoladas calles del Centro Histórico. Son las invisibles de la capital poblana y se empiezan a quedar solas.
Ninguna de ellas sabe que es el coronavirus, enfermedad que les es totalmente ajena a su vida: No saben del riesgo de la pandemia global; sólo están pendientes de la llegada de un posible benefactor que les alivie un poco una enfermedad : «el hambre»
Como todos días llegan a temprana hora, para ellas no hay cubrebocas, higiene personal o gel antibacterial; por las manos de las menores se visualizan las huellas que dejo el delgadito chorro de agua vertido de una botella llenada con agua minutos antes de las fuentes contaminadas que brotan frente al palacio municipal.
Los colores obscuros y café claro se dejan ver en la piel marcando los surcos de mugre.
El día transcurre sin novedad para ellas, poca ayuda; tal vez muy poca o casi nada, las monedas escasean al igual que los alimentos que en tiempos normales podían degustar gracias a las bondades de la gente que salían de los sitios de comida rápida: siempre tenían a su alrededor un gran buffet.
Son las mujeres invisibles, tan invisibles que la pandemia del coronavirus pasa de lado sin molestarlas.




