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Capital
05 enero 2016

Los olvidados

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by García R - 0 Comments
Los olvidados

Tal vez la sentencia de la frase que muchas veces escuchamos a la orilla de una cama surtió efecto previo a la llegada de los Reyes Magos.

Duérmete o no te traerán nada los Reyes.

La escena esta puesta…el zapato en espera de los deseados regalos que ingenuamente pidieron a través de unas líneas sobre un viejo papel.

“Queridos Reyes Magos, hemos sido explotados durante los años de nuestra infancia, no conocemos el amor de madre, en este día les pido me traigan”…

Duermen o fingen que duermen, simulan un ronquido acompañado con el sueño, casi no se mueven.

Inertes yacen en el suelo frío de una de las calles del Centro Histórico…

Han dejado de vender chicles o mazapanes en los portales a los parroquianos, en una constante explotación infantil que vulnera sus derechos en el negocio de la mendicidad.

Tal vez su progenitora les contó el cuento de…Érase una vez unos niños de la calle vulnerados en su infancia.

Tal vez los durmió con algún somnífero como se especula para llamar la atención de los transeúntes…

Los trajeron a la capital poblana de no se sabe dónde?.. Sin nombre… Sin edad, sin destino.

Se les ve desde temprana hora recorrer los pasillos de los tres portales que rodean el Zócalo; algunas veces descalzos otras con zapatillas de adulto o tenis desgastados, pero felices de su condición de infantes.

Juegan con cualquier cosa, una lata de refresco simulando un cochecito, la cajita feliz que sirve de guarda cosas o simplemente fútbol con una bolsa de plástico hecha pelota donde la pequeña sueña con ser la portera para parar el tiro de su hermano que se siente goleador.

Para ellos no importa si es lunes o domingo, el dato poco importa.

Tampoco les importa su condición de miseria…sólo esperan el despertar de un sueño que nunca se hará realidad.

La petición no se cumple, los Reyes Magos no hacen acto de presencia, tal parece que son discriminatorios… la miseria no entra en sus agendas.

…Y a los pies desnudos de esa pequeña, junto a un zapato viejo, la única muñeca a medio vestir con los brazos extendidos, zapatillas nuevas que serán de su envidia, una sonrisa que nunca tendrá, ni la mirada fija en el cielo en busca de la felicidad.

García R

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